– Peor para él; tú y yo, con la mitad, nos hemos quedado en el mejor de los mundos. Es como ir en barco, ¿verdad, tú, que sí? Y el oleaje, ¿no sientes el oleaje? – se reía -. Tú hazte cuenta que vamos los dos en una barca. Oye, ¡qué divertido! Tú eras el que iba remando; la mar estaba muy revuelta, muy revuelta; ¡era una noche terrible y no veíamos la costa ni a la de tres!; yo tenía mucho miedo y tú entonces… Ya estoy diciendo bobadas, ¿a qué sí? Te estará dando risa. Digo muchas bobadas, ¿verdad, Tito?
– Que no, mujer, si era gracioso lo que estabas contando; tampoco eran bobadas.
– ¿No te parezco una tontina? Dirás que soy como los crios, que les gusta jugar a hacer cuenta que van en un caballo, y se figuran un montón de peripecias, ¿a que piensas eso?, dime la verdad. ¿Te parezco muy desangelada, di?
– ¡Déjate ya! ¿Qué más dará lo que hayas dicho, mujer? Con el vino, a todo el mundo le da por discurrir fantasías, ¿te vas a andar preocupando?
– Pero yo; aparte ahora lo del vino, yo misma, me refiero.
– ¿Tú, qué?
– Que cómo soy. O vamos, que cómo te parece a ti que soy.
– ¿A mí? No estaría aquí contigo, si no me resultaras agradable. La falta está en que lo preguntes. Te importa demasiado la opinión de los demás.
– No la de todos. Bueno, además es una tontería, ¿qué me importa?, cuestión de colores; cuando quiero reírme me río. Tengo un armario de luna en mi cuarto, ¿qué crees?; ni la tuya en el fondo; ser, ya sé yo cómo soy… Estoy medio borracha, Tito.
(El Jarama, Rafael Sánchez Ferlosio)
– Anda, pues échate un poco, reposa.
no, en realidad no ha
pasado tanto tiempo
y tampoco siento que
estés más cerca así
siempre lo has estado
pero ahora cuando
llegues a casa
con la sonrisa torcida,
rendido,
químico y con el alma
en la mano,
puedes tumbarte en la
cama
y pensar y pensar como
haces
y saber que a
cualquier hora
y sentir con certeza
que estoy ahí
para así soñar y
dormir más despacio
porque no saber no te
gusta
pero a mí me sabes, me
conoces bien
descubriste mis
esquinas con más polvo
y yo reconozco tus vacíos
sin llegar
no llego a ellos pero,
cuando marchito,
cuando me ahogo, me
pesa la pena
y lloro con la boca
espesa,
tú me mires y nos
llene el viento
que aunque lleve un
río dentro
yo cierro los ojos y
siento
que tú sin más, estás
ahí
y yo no necesito que
me lo digas
ni yo decírtelo a ti
(no nos hace falta un
título
ni un triste
certificado)
pero te lo pido:
quédate así
porque nada ha
cambiado
porque solo hemos
notado
nuestras alas batir
(y a cada momento
trascendemos
como corren los
minutos)

No hay comentarios:
Publicar un comentario