martes, 24 de diciembre de 2013

inserte adversativa aquí





                  El ser humano es un ser de costumbres. Tropieza mil veces con la misma piedra, porque esa piedra le gusta. Se va lejos de viaje, aunque al final siempre vuelve al pueblo de la infancia, a la misma montaña, a la playa de todos los veranos. Come millones de platos: un fin de semana, comida china; el martes, "me voy a un italiano"; en un domingo feo, toca hamburguesa... Pero nunca deja el pan, ni la comida de mamá. Contigo, pan y cebolla. Quiere conservar el peluche de la infancia, los trabajos del colegio, las fotos de familia y solo recuerda lo bonito del pasado.
            Así, a cada instante, el presente se vuelve antiguo. El humano se hace de costumbres y circunstancias que encadenan circunstancias. No solo de pan vive el hombre, claro, también vive de ambrosía, la disfruta en su momento. Sin embargo, el pan de cada día es mucho menos empalagoso. Y de rutina y de días se hace una historia, porque las pasiones van y vienen. Porque lo nuevo al final, es viejo, pero nunca nada muere. ¡La energía solo se transforma!


Canto a Teresa (Fragmento)
¡Oh, Teresa! ¡Oh, dolor! Lágrimas mías
¡ah!, ¿dónde estáis, que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días
no consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh, los que no sabéis las agonías
de un corazón que penas a millares,
¡ay!, desgarraron y que ya no llora,
¡piedad tened de mi tormento ahora!
¡Oh, dichosos mil veces, sí, dichosos
los que podéis llorar, y, ¡ay! , sin ventura
de mí, que entre suspiros angustiosos
ahogar me siento en mi infernal tortura!
¡Refuércese entre nudos dolorosos
mi corazón, gimiento de amargura !
También tu corazón, hecho pavesa,
¡ay!, llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!
¿Quién pensará jamás, Teresa mía,
que fuera eterno manantial de llanto
tanto inocente amor, tanta alegría,
tantas delicias y delirio tanto?
¿Quién pensara jamás llegase un día
en que perdido el celestial encanto
y caída la venda de los ojos,
cuanto diera placer causara enojos?

¡Pobre Teresa! ¡Al recordarle siento
un pesar tan intenso...! Embarga impío
mi quebrantada voz mi sentimiento,
y suspira tu nombre el labio mío;
para allí su carrera el pensamiento,
hiela mi corazón punzante frío,
ante mis ojos la funesta losa
donde, vil polvo, tu beldad reposa.

(José de Espronceda)

domingo, 22 de diciembre de 2013

El castillo



  ––¿Cómo te imaginas el final? ––preguntó el sacerdote.
Al principio pensé que terminaría bien ––dijo K––,
 ahora hay veces que hasta yo mismo lo dudo. No sé cómo terminará. ¿Lo sabes tú?
––No ––dijo el sacerdote––, pero temo que terminará mal. Te consideran culpable. Tu proceso probablemente no pasará de un tribunal inferior. Tu culpa, al menos provisionalmente, se considera probada.
––Pero yo no soy culpable ––dijo K––. Es un error. ¿Cómo
 puede ser un hombre culpable, así, sin más? Todos somos seres humanos, tanto el uno como el otro.
––Eso es cierto ––dijo el sacerdote––, pero así suelen hablar los culpables.
––¿Tienes algún prejuicio contra mí? ––preguntó K.
––No tengo ningún prejuicio contra ti ––dijo el sacerdote.
––Te lo agradezco ––dijo K––. Todos los demás que participan en mi proceso tienen un prejuicio contra mí. Ellos se lo inspiran también a los que no participan en él. Mi posición es cada vez más difícil.
––Interpretas mal los hechos ––dijo el sacerdote––, la sentencia no se pronuncia de una vez, el procedimiento se va convirtiendo lentamente en sentencia.
(Franz Kafka, 'El Proceso')

            X quiso acabar con la sombra y el castillo, con la sombra del castillo, por vieja, triste y fría. X vivía en una burbuja del más allá, sintiendo que era fuerte y buena, casi sin pensar en el más acá. Su burbuja se propulsaba con un calor helado poco humano, y volaba siempre en bucle. Un día X, ahogada en lo anodino de una superficie circular que rizaba el rizo, pinchó la burbuja y empezó a caminar. A cada paso, existía el mundo. Fue a descansar de tanto mundo y encontró el castillo YZ; era un castillo de piedra, sólido y poderoso, pero toda esa fachada tapaba el Sol, un Sol que X buscaba, sin el que es difícil vivir.
            Desde el castillo le saludó Y. Y tenía la llave del castillo, su botón destructor y dejaba ver el Sol a X, subiéndola a la torre. Sin embargo, Y formaba una unión poco armónica con Z, así que X quiso unirse a Y porque juntos decían SÍ o XY. ‹‹X, en estas ocasiones, no hay dos CON tres››. No hay dos con tres, no hay dos con tres. Toda la bondad de X anulaba su fuerza, no valía para piedra de un castillo y, en ese castillo no cabía una piedra más. Por lo tanto, sin Sol y sin sitio, X odiaba el castillo y se repelía sin parar con Z, porque sentía que le robaba su coordenada y su luz. Porque estaba rondando el botón destructor, porque todo el Sol iba a ser para ella. Llámalo X, X despejada. X sin Y nunca dice SÍ.
 
  

viernes, 13 de diciembre de 2013

Has traspasado la barrera de lo inefable y...



"... porque había una especie de comunión y, cuando hacíamos el amor, parecía que cada duro hueso mío se correspondía con un blando hueco de ella, que cada impulso mío se hallaba matemáticamente con su eco receptor. Tal para cual".  (Mario Benedetti, 'La tregua')


            

    Cuando me miras con los ojos derretidos, me arrebujo en el jersey, cruzo mis piernas con las tuyas y solo pienso en rutina. Y en leche con cereales, leche con galletas. No me malinterpretes: hablo de esa rutina en la que se sustenta una historia compartida, pero que no da cabida a pensar que llegará un punto que puedes ser tan feliz, que ningún momento será comparable. Pienso en esa rutina como pienso en merendar leche con galletas, que para mí siempre es un placer, que puedo hacerlo y disfrutarlo una y otra vez. Nosotros nos haríamos y disfrutaríamos sin parar, con todo un amor cotidiano. Lo diario y rutinario, tanto juntos como separados, de lo bueno y de lo malo... Lo pienso y siento que te abrazo.


            Hablo de la rutina de que el tiempo pase, de que nos besaríamos haciendo la comida, de que podría despertarme en medio de la noche y así, tu espalda sorprendería a mis ojos. Rutina de paseos, rutina de comer silencios y de comer en silencios. Tú comprenderías mi calma, yo comprendería la tuya. Rutina de no parar de hablar y perder todos los trenes. Hablo de ese tipo de sueños tan mágicos por ser idealizados, que se reducirían simplemente a acabar leyendo tumbados en las tardes de julio. Pero en esas tardes levantaría la cabeza, te vería en otro planeta y sentiría una tranquilidad llana, un "duermo tranquila hoy". Hablo de la rutina de decir que ser feliz es una prueba de equilibrio y, bueno que, no sé, que tú te has comido al vértigo.


            Zuretzat ilargia lapurtuko nuke gauero...