Odio el trascurso del mundo, odio los
estruendos; los supuestos; los constantes tumultos. Detesto al seguro que se
complace, al bondadoso que compadece, al líder y al esquivo. A lo nuevo, a lo
viejo; me miro en el espejo, yo podría ser todo eso. Somos lo que vemos y no
vemos, somos el espejo de lo ajeno, un espejo que no percibimos. Lo evidente e
inteligente nunca es bonito. No me gustan los espejos porque absorben recuerdos
implícitos, recuerdos explícitos: las mentiras repetidas que se convirtieron en
verdades, los bucles, las heridas sin sangre.
De todas formas, no puedo confiar en
un retrato sin ojos, sin reflejo. Me dan hasta miedo. No obstante, a pesar de
todo lo antiestético que me invade y que impregna a todo humano, prefiero verme
reflejada en un espejo. Porque un mundo sin percepciones proyectadas sería un
mundo de ciegos artificiales. No señor, yo por ahí no paso: quiero tener la
capacidad de la queja eterna, no un halo de ignorancia y conformismo.
La ignorancia, de bonita y tranquila
es fea. Y, oye, ¡yo prefiero los vaivenes y las muecas del saber!
¿De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colemena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?
(Jaime Gil de Biedma)

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