domingo, 15 de septiembre de 2013

Cifrando, que es gerundio.

Dejando de lado el colchonismo, la época del zapatismo o zapaterío, y el ser un ente mullido y sin embargo casi huesudo, podrías dirigirte a tu, llámalo objetivo, y simplemente decirle: "somos tornillos y tuercas, sal y pimienta, leche con galletas, zapatillas y cordones" mientras lo coges y te descubres como cuerpo tangible, y no solo una mente que deambula. ¡Habrás vuelto al mundo! Deja de una vez por todas el mullidismo, no sin antes mullirte los labios para hablar, para sentir que quizás un río de palabras te conduzca a ser feliz, a ser más conformista- que no simplista- y respirar con tranquilidad.  Porque siempre has sido una fiel defensora del andar y de los pasos bien dados, y has tenido suficiente dignidad para resarcirte de los pasos en falso y de los pasos que se convirtieron en resbalón. Si pudiste, esta vez no va a ser diferente... De hecho, va a ser mejor. Sabes que no quieres pasar por la vida cual ser inerte e inmutable, y que todos y cada uno de los acontecimientos de tu vida hacen que se muevan las telas y gomas de entre tus muelles, muelles que desaparecerán. Además, siempre has tenido tu lado esotérico, creyente y casi primitivo, un poco fantasioso, y esa fantasía te lleva a creer en un posible destino, que, ¡echémosle azúcar!, será maravilloso sea como sea.

Te deseo un buen nacimiento, viejo colchón, que volvemos a la rutina, pero tú eres persona nueva. Tu nueva rutina, tirando la agenda por el retrete, tachando días del calendario con tanta facilidad como te echas perfume, riendo un poquito más, echándole actitud... echándole "galletas", lo que te hace olvidar sofocos.


"El desorden en que vivíamos, es decir el orden en que un bidé se va convirtiendo por obra natural y paulatina en discoteca y archivo de correspondencia por contestar, me parecía una disciplina necesaria aunque no quería decírselo a la Maga. Me había llevado muy poco comprender que a la Maga no había que plantearle la realidad en términos metódicos, el elogio del desorden la hubiera escandalizado tanto como su denuncia. Para ella no había desorden, lo supe en el mismo momento en que descubrí el contenido de su bolso (era en un café de la rue Réaumur, llovía y empezábamos a desearnos), mientras que yo lo aceptaba y lo favorecía después de haberlo identificado; de esas desventajas estaba hecha mi relación con casi todo el mundo, y cuántas veces, tirado en una cama que no se tendía en muchos días, oyendo llorar a la Maga porque en el metro un niño le había traído el recuerdo de Rocamadour, o viéndola peinarse después de haber pasado la tarde frente al retrato de Leonor de Aquitania y estar muerta de ganas de parecerse a ella, se me ocurría como una especie de eructo mental que todo ese abecé de mi vida era una penosa estupidez porque se quedaba en mero movimiento dialéctico, en la elección de una inconducta en vez de una conducta, de una módica indecencia en vez de una decencia gregaria" 

(Julio Cortázar, 'Rayuela')

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