viernes, 13 de diciembre de 2013

Has traspasado la barrera de lo inefable y...



"... porque había una especie de comunión y, cuando hacíamos el amor, parecía que cada duro hueso mío se correspondía con un blando hueco de ella, que cada impulso mío se hallaba matemáticamente con su eco receptor. Tal para cual".  (Mario Benedetti, 'La tregua')


            

    Cuando me miras con los ojos derretidos, me arrebujo en el jersey, cruzo mis piernas con las tuyas y solo pienso en rutina. Y en leche con cereales, leche con galletas. No me malinterpretes: hablo de esa rutina en la que se sustenta una historia compartida, pero que no da cabida a pensar que llegará un punto que puedes ser tan feliz, que ningún momento será comparable. Pienso en esa rutina como pienso en merendar leche con galletas, que para mí siempre es un placer, que puedo hacerlo y disfrutarlo una y otra vez. Nosotros nos haríamos y disfrutaríamos sin parar, con todo un amor cotidiano. Lo diario y rutinario, tanto juntos como separados, de lo bueno y de lo malo... Lo pienso y siento que te abrazo.


            Hablo de la rutina de que el tiempo pase, de que nos besaríamos haciendo la comida, de que podría despertarme en medio de la noche y así, tu espalda sorprendería a mis ojos. Rutina de paseos, rutina de comer silencios y de comer en silencios. Tú comprenderías mi calma, yo comprendería la tuya. Rutina de no parar de hablar y perder todos los trenes. Hablo de ese tipo de sueños tan mágicos por ser idealizados, que se reducirían simplemente a acabar leyendo tumbados en las tardes de julio. Pero en esas tardes levantaría la cabeza, te vería en otro planeta y sentiría una tranquilidad llana, un "duermo tranquila hoy". Hablo de la rutina de decir que ser feliz es una prueba de equilibrio y, bueno que, no sé, que tú te has comido al vértigo.


            Zuretzat ilargia lapurtuko nuke gauero...




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