El ser humano es un
ser de costumbres. Tropieza mil veces con la misma piedra, porque esa piedra le
gusta. Se va lejos de viaje, aunque al final siempre vuelve al pueblo de la
infancia, a la misma montaña, a la playa de todos los veranos. Come millones de
platos: un fin de semana, comida china; el martes, "me voy a un
italiano"; en un domingo feo, toca hamburguesa... Pero nunca deja el pan,
ni la comida de mamá. Contigo, pan y
cebolla. Quiere conservar el peluche de la infancia, los trabajos del
colegio, las fotos de familia y solo recuerda lo bonito del pasado.
Así,
a cada instante, el presente se vuelve antiguo. El humano se hace de costumbres
y circunstancias que encadenan circunstancias. No solo de pan vive el hombre,
claro, también vive de ambrosía, la disfruta en su momento. Sin embargo, el pan
de cada día es mucho menos empalagoso. Y de rutina y de días se hace una
historia, porque las pasiones van y vienen. Porque lo nuevo al final, es viejo,
pero nunca nada muere. ¡La energía solo se transforma!
¡Oh, Teresa! ¡Oh, dolor! Lágrimas mías
¡ah!, ¿dónde estáis, que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días
no consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh, los que no sabéis las agonías
de un corazón que penas a millares,
¡ay!, desgarraron y que ya no llora,
¡piedad tened de mi tormento ahora!
¡Oh, dichosos mil veces, sí, dichosos
los que podéis llorar, y, ¡ay! , sin ventura
de mí, que entre suspiros angustiosos
ahogar me siento en mi infernal tortura!
¡Refuércese entre nudos dolorosos
mi corazón, gimiento de amargura !
También tu corazón, hecho pavesa,
¡ay!, llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!
¿Quién pensará jamás, Teresa mía,
que fuera eterno manantial de llanto
tanto inocente amor, tanta alegría,
tantas delicias y delirio tanto?
¿Quién pensara jamás llegase un día
en que perdido el celestial encanto
y caída la venda de los ojos,
cuanto diera placer causara enojos?
¡Pobre Teresa! ¡Al recordarle siento
un pesar tan intenso...! Embarga impío
mi quebrantada voz mi sentimiento,
y suspira tu nombre el labio mío;
para allí su carrera el pensamiento,
hiela mi corazón punzante frío,
ante mis ojos la funesta losa
donde, vil polvo, tu beldad reposa.
(José de Espronceda)
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