domingo, 22 de diciembre de 2013

El castillo



  ––¿Cómo te imaginas el final? ––preguntó el sacerdote.
Al principio pensé que terminaría bien ––dijo K––,
 ahora hay veces que hasta yo mismo lo dudo. No sé cómo terminará. ¿Lo sabes tú?
––No ––dijo el sacerdote––, pero temo que terminará mal. Te consideran culpable. Tu proceso probablemente no pasará de un tribunal inferior. Tu culpa, al menos provisionalmente, se considera probada.
––Pero yo no soy culpable ––dijo K––. Es un error. ¿Cómo
 puede ser un hombre culpable, así, sin más? Todos somos seres humanos, tanto el uno como el otro.
––Eso es cierto ––dijo el sacerdote––, pero así suelen hablar los culpables.
––¿Tienes algún prejuicio contra mí? ––preguntó K.
––No tengo ningún prejuicio contra ti ––dijo el sacerdote.
––Te lo agradezco ––dijo K––. Todos los demás que participan en mi proceso tienen un prejuicio contra mí. Ellos se lo inspiran también a los que no participan en él. Mi posición es cada vez más difícil.
––Interpretas mal los hechos ––dijo el sacerdote––, la sentencia no se pronuncia de una vez, el procedimiento se va convirtiendo lentamente en sentencia.
(Franz Kafka, 'El Proceso')

            X quiso acabar con la sombra y el castillo, con la sombra del castillo, por vieja, triste y fría. X vivía en una burbuja del más allá, sintiendo que era fuerte y buena, casi sin pensar en el más acá. Su burbuja se propulsaba con un calor helado poco humano, y volaba siempre en bucle. Un día X, ahogada en lo anodino de una superficie circular que rizaba el rizo, pinchó la burbuja y empezó a caminar. A cada paso, existía el mundo. Fue a descansar de tanto mundo y encontró el castillo YZ; era un castillo de piedra, sólido y poderoso, pero toda esa fachada tapaba el Sol, un Sol que X buscaba, sin el que es difícil vivir.
            Desde el castillo le saludó Y. Y tenía la llave del castillo, su botón destructor y dejaba ver el Sol a X, subiéndola a la torre. Sin embargo, Y formaba una unión poco armónica con Z, así que X quiso unirse a Y porque juntos decían SÍ o XY. ‹‹X, en estas ocasiones, no hay dos CON tres››. No hay dos con tres, no hay dos con tres. Toda la bondad de X anulaba su fuerza, no valía para piedra de un castillo y, en ese castillo no cabía una piedra más. Por lo tanto, sin Sol y sin sitio, X odiaba el castillo y se repelía sin parar con Z, porque sentía que le robaba su coordenada y su luz. Porque estaba rondando el botón destructor, porque todo el Sol iba a ser para ella. Llámalo X, X despejada. X sin Y nunca dice SÍ.
 
  

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